Lo crearon ex alumnas de un colegio rosarino. Vocación y servicio para un mundo mejor.
Una puerta abierta a la esperanza, un chico menos en la calle, una posibilidad de futuro, un verdadero cambio social. Eso es Surcos, el primer jardín de infantes con educación integral que se abre en un barrio periférico de la ciudad. Todo surgió en el seno de un grupo de amigas, egresadas del colegio Mirasoles que decidieron hacer algo para cambiar la realidad. Lo concretaron en un jardín de infantes en Cabín 9 al que llamaron Surcos, con el objetivo de ofrecer una educación integral en valores a los chicos de la zona oeste.
Amparadas por la Asociación Rosarina de Ayuda Solidaria (Aras), el proyecto comenzó a rodar hace dos años. Ya cuentan con dos camadas de egresados. Este año, clases empezaron con 38 inscriptos. Además, hay una larga lista de espera, pero el presupuesto no alcanza para llegar a todos.
El jardín cuenta con dos maestras pagas (una de ellas también la directora) y una portera, junto con un numeroso grupo de voluntarios que hacen de todo: desde preparar el desayuno hasta limpiar las instalaciones o hacer ferias para que los chicos puedan tener ropa nueva.
Día a día.
Cada mañana los alumnos llegan al jardín animosos con sus delantales
rojos (cosidos también por voluntarias). Allí desayunan. El requisito es que esa comida sea nutritiva. La directora, Marcela Vergara, señala que a los chicos “les cuesta tomar leche porque no están acostumbrados”. Sin embargo, los cambios se ven con el tiempo porque al principio beben sólo cinco cucharadas pero a fin de año toman la taza entera.
“A diferencia de lo que vi en otros jardines, aquí los chicos llegan con muy poca estimulación, por ejemplo, algunos no saben tomar un lápiz, ni conocen los colores. En Surcos intentamos recuperar ese tiempo perdido y prepararlos para que desarrollen capacidades básicas que luego les permitirán leer y escribir”, manifiesta la directora.
Por esto también los chicos realizan distintas actividades para desarrollar la motricidad fina. Gracias a un profesor voluntario, también hay hora de deporte al aire libre.
Sin embargo, allí no todo se acaba en la educación formal, sino que las docentes buscan transmitir hábitos que contribuyan a formarlos integralmente. “Esto se concreta a través de las metas que proponemos cada mes. Hacemos una reunión con las mamás para que también trabajen este punto en la casa”, describe Marcela. De este modo se les enseña el orden, la generosidad, la paciencia y el respeto, entre otras virtudes. En la reunión se brindan pautas concretas y sencillas a las mamás, y también a los chicos, como por ejemplo ordenar los materiales al terminar de usarlos o dejar la silla en su lugar. En casa, los pequeños se acostumbran a colgar la mochila al llegar y a doblar el delantal que usan para el jardín.
Marcela recuerda entre risas el comentario que le hizo una mamá a quien su hijo le pedía que fuera “ordenada”, como había aprendido en el jardín.
Uno a uno. En Surcos las maestras conocen bien a sus alumnos, saben cuál es la situación de cada uno, y sobre todo los quieren y se lo demuestran. Las mamás, cuando se les pregunta porqué mandan a sus hijos a ese jardín contestan sin dudar: “Porque ahí los tratan bien, los quieren”.
Marcela asegura que “sin el apoyo de las madres nuestra tarea sería imposible”. Por eso Surcos trabaja mano a mano con ellas y dedica tiempo y actividades a estas mujeres, que no se pierden una sola propuesta. El año pasado se organizó un taller de tejido y la profesora fue una mamá el barrio. “Vimos que tenía gran habilidad manual y logramos que venciera la timidez y enseñara”, cuenta emocionada Marcela.
Este año van por más: instalarán una escuela para padres, un espacio donde profesionales tratarán temas como la violencia doméstica, la educación y la vida familiar.
Apoyo incondicional. La fuerza del voluntariado es uno de los sostenes de Surcos. Desde quienes pagan becas por los chicos, hasta quienes se acercan para ofrecer lo que saben. Así sucedió el año pasado con una ingeniera agrónoma que se ofreció para hacer una huerta con los chicos. Cada día regaban las semillas, luchaban contra las hormigas y con asombro observaban cómo crecía la rúcula, los rabanitos y el perejil.
A la cosecha se la llevaron a su casa para compartir en la mesa familiar. También colaboró el Inta a través del programa Prohuerta que distribuyó semillas a los papás para que pudieran armar una huerta en sus casas.
Otras voluntarias trabajan recolectando, lavando y arreglando ropa para las ferias que se hacen en el barrio. Este año por primera vez se convocará a mamás de los chicos que quieran trabajar como voluntarias. Algunas ya se ofrecieron para ocuparse de la limpieza de las instalaciones y los desayunos.
“Ahora lo que más necesitamos son becas” confiesa Marcela, porque sino es imposible mantener un jardín que no cuenta con ayuda del Estado. “Estamos tramitando todo pero nos piden al menos seis salitas y por ahora no podemos más que con dos”. Además, necesitan maestros voluntarios que puedan enseñar música y arte.
Detrás del basural. Marcela Vergara viaja casi una hora por día, y atraviesa un basural para llegar a Surcos. “Es costoso y el sueldo no es el mismo que en otras escuelas, pero no lo dejo ni loca”, dice entusiasmada y explica que “la devolución es muy grande ya que los padres reconocen todo el tiempo lo que hacemos, y eso nos da una gran satisfacción”, confiesa.
El progreso de los chicos es evidente. “Los que llegan si saber agarrar un lápiz se van escribiendo su nombre y los que no sabían los colores hasta aprenden a contar cuentos”, comentan las docentes con gran entusiasmo.
“Surcos es una puerta a un futuro distinto para ellos, y para nosotras, es sembrar para que el día de mañana haya un chico menos en la calle, una persona con valores y eso hay que hacerlo desde los primeros pasos”, enfatizó la docente, con gran emoción.