20-09-16

“Caí en la droga por curiosidad y viví los peores momentos de mi vida”

Dos exadictos, que se recuperaron en el Hogar de Cristo, en la villa 31 de Buenos Aires, vinieron a Rosario para trabajar con los chicos de Ludueña

Eric Solís tiene 48 años, usa gorrita y tiene dos tajos en la cara. Nació en Perú y luego se vino a Rosario donde formó una familia y tuvo dos hijas. Estudió chef y trabajó en varios restaurantes de la ciudad. Su gran aliento fueron sus dos hijas, que por pagarle los estudios hizo todo lo que pudo. Hoy ya son universitarias, una trabaja de contadora y otra está terminando la carrera. Sin embargo, Eric sucumbió en la droga.
“Ellas ya eran independientes y cuando me vi sin responsabilidades empecé a flaquear. Salía con amigos gastronómicos y empecé a consumir alcohol, terminé separándome y caí en una depresión. Después del alcohol vino la marihuana y luego la cocaína. No quería reconocer mi enfermedad y por eso huí a Buenos Aires, me escapé, pero sin aceptar que necesitaba una ayuda”, relata.
En Capital se instaló en la villa 31 donde encontró a varios amigos peruanos. Ahí empezó a consumir paco y abandonó su profesión. Entonces empezó a delinquir armado. “Te crees que podés todo porque la droga te hace sentir eufórico y que por tener un arma tenés todo, pero yo me sentía muy triste porque pensaba en mis hijas y eso me ponía mal, entonces consumía más. Fui perdiendo todo para comprar droga y terminé viviendo en situación de calle. Ya no me importaba nada”, relata.
Por entonces no le importaba arriesgarse en enfrentamientos o tiroteos buscando la muerte. Se daba cuenta de que había estudiado, trabajado, tenía dos hijas y había logrado una vida digna , pero en ese momento ya vivía en la calle, revolviendo los contenedores para saciar su hambre.
“Un día me encontré con un amigo, el Negro Angel y yo pensé que estaba preso pero me sorprendí que estuviera tan bien y me habló del Hogar de Cristo. Me animé a ir con él. Este fue el proceso de mi recuperación. Ahí me ayudaron, encontré consuelo, un abrazo, un oído. Y me estoy recuperando día a día, porque esta es una enfermedad que te dura toda la vida. Lo que pasa es que ahora tengo herramientas como para elegir qué es lo bueno y qué es lo malo”, explica.
Eric decidió quedarse en el Hogar de Cristo y hoy es uno de los referentes o guías para los que empiezan el tratamiento.
Esta institución tiene casas amigables donde viven los chicos que están en proceso de recuperación y Eric está a cargo de una de esos hogares. El se ocupa de ser un poco de padre de estos chicos.
“Yo les diría con toda humildad que no entren en este mundo porque se pierden todos los valores y te perdés de disfrutar de muchas cosas. Yo me voy a reencontrar con mis hijas después de 10 años, por ejemplo”, cuenta con lágrimas en los ojos, ansioso de que llegue ese momento.
“Yo empecé como un juego, con un porro y un poco de alcohol y después te das con cocaína. Uno se engaña porque al principio está todo bien, pero después viene lo más duro. Lo importante es saber que se puede, que uno debe darse la oportunidad de cambiar”, subraya.
“Hoy estoy feliz porque puedo ayudar a otros chicos a salir adelante”, acota y cuenta que en el Hogar hay más de 60 chicos en tratamiento. De la prostitución a la
guardería Nayla Perrotta tiene 27 años. Ella es de Buenos Aires, nació en Capital en el barrio del sur. Por curiosidad, a los 16 años probó un porro. Y fumaba cuando salía, antes de ir a bailar o en la cancha.
Al terminar el secundario quedó embarazada de su hija Luz que hoy tiene 7 años. “Mi mamá me dijo que si no abortaba me tenía que ir de mi casa y así lo hice. Sentía que ese hijo tenía que nacer. Me fui a vivir a la casa de mi novio”, relata con evidente conmoción.
Después de que nació la pequeña se le complicó conseguir trabajo y cuidar a la beba. Y consiguió trabajo como tarjetera, en los boliches. Ahí empezó a consumir éxtasis, LCD, y fumaba diariamente marihuana. Empezó a estar mal, hasta tal punto que se vio obligada a pedirle al papá de su hija que se hiciera cargo. Cayó en una depresión profunda. Volvió a vivir con su mamá y dejó de salir y de consumir gracias a una terapia que la sacó adelante.
Al poco tiempo, en la estación Retiro de Buenos Aires le ofrecieron paco. Y volvió a caer. Se trasladó a la Villa 31. “Al principio te la ofrecen, después tenés que pagar. Ya consumía marihuana y cocaína. Trabajaba en la feria y empecé a mezclar. Mientras changueaba hasta que me di cuenta de que no me alcanzaba para vivir y ahí las chicas de la villa me ofrecieron ir a prostituirme, en la calle, en cualquier lado, a cara de perro como decimos en Buenos Aires. Cobraba 50 pesos. Pero sabía que con 20 pesos conseguía la dosis mínima de paco. Fue muy denigrante, y la pasé muy mal. Estuve en situación de calle. Me apuñalaron tres veces, me pegaron... No se puede explicar lo que es vivir en la calle”, dice lamentándose.
“Llegué a autoflagelarme por que sentís tanto dolor en el alma que te querés lastimar en vos misma para concentrarte en otro dolor. Me cortaba los brazos para lastimarme, pero no para suicidarme. Después empecé a delinquir. Fue horrible, la droga te va llevando a un camino de pesadillas, una detrás de otra”, continúa.
Viviendo en la calle conoció a Juancito que le habló del Hogar de Cristo. “Yo no quería saber nada de dejar el paco pero Juancito me dijo que ahí podía comer y bañarme y eso sí que lo necesitaba. ¡Sabés lo que es un baño caliente cuando vivís en la calle!”
Y así empezó a ir a bañarse y a comer. “No sabía que eso era un centro terapéutico”, confiesa. Después de a poco comenzó a participar de los talleres y de las terapias, pero no dejaba de consumir. Lo necesitaba.
“No quería dejar el paco ni a palos. Me sentaba en la terapia grupal y escuchaba pero decía que no iba a dejar. Hasta que me di cuenta de cómo me controlaba a mí el paco”.
“Justo el 21 de septiembre del año pasado me prometí que en menos de un mes iba a dejar el paco. Habían pasado 10 días y me desperté sola, y miré la pipa, que uno la lleva a todos lados y me dije solo por hoy no me quiero drogar”.
“Ese día volví a la casa de mi mamá, y acá estoy, por cumplir un año sin drogarme. En este tiempo tuve solo una recaída. Fue porque estuve en pareja y nos fuimos a robar, nos fue bien, le compré cosas a mi hija, la segunda vez también y fuimos a comer y la tercera vez fuimos a consumir y ahí tuve la recaída y me di cuenta de que no era lo que yo quería. Uno todos los días tiene ganas de consumir, en especial paco. Y sé que voy a tener ganas todos los días de mi vida”.
Esa recaída fue suficiente para apartarse de ese chico. “El paco es una droga de exterminio. Yo fui una de las personas que el paco atrapó, y está en la villa porque de lo que se trata es de atacar a las clases más bajas, por suerte tengo la contención del Hogar de Cristo”, reflexiona.
En el Hogar a cada chico que se acerca se le arma un plan de vida según los objetivos que él mismo se plantea, y según sea la situación concreta. “Me preguntaron qué quería hacer. Y yo les pedí estar en un emprendimiento. Allí hay varios: costura, taller de velas, la carpintería y cocina. Empecé con velas y a las dos semanas empecé a cobrar ¡no lo podía creer! No era mucho pero era un sueldo ganado por trabajar dignamente”.
“Después empecé a ver que muchas chicas venían al taller de velas con los hijos y les propuse que armáramos una guardería, de manera que ellas puedan trabajar tranquilas.
Así se armó un jardín maternal con una docente y Nayla trabaja como asistente.
Ahora sueña con estudiar maestra jardinera. “Me doy cuenta de que mi lugar es el Hogar de Cristo. Quiero ayudar a otras chicas o chicos para que no les pase lo mismo que a mí, que alguien les abra los ojos antes de tiempo y que sepan también que se puede salir”.
Nayla sufre mucho porque sólo puede ver a su amada hija tres horas por semana. “Sé que estoy en camino de mejorar y que algún día ella me va a perdonar. Eso es lo que más deseo en la vida. Pero tal vez lo pueda lograr”, concluye emocionada y segura de que algún día lo logrará aunque falte todavía un tiempo. Una esperanza para salir adelante El Hogar de Cristo nació en la Villa 31 de Retiro, de la mano del padre Pepe Di Paola y otros sacerdotes villeros. Hoy el modelo se extendió a otras provincias. Allí especialistas brindan apoyo para tratamientos personalizados a largo plazo a partir de estrategias que permitan a los jóvenes descubrir el sentido de la vida. En el marco de una actividad general, se van programando acciones que mejor se adaptan a las situaciones problemáticas que se presentan. Los jóvenes que participan colaboran en el trabajo en red con las demás instituciones del barrio. Más datos: http://www.sin-paco.org/