05-04-16

Una vida dedicada a dar su cariño a los niños internados

Concepción es la voluntaria más antigua del Vilela. Hoy, a sus 94 años sigue visitando todos los días a los chicos hospitalizados

Cuando Concepción Moranta quedó viuda decidió que algo tenía que hacer. Se sentía con muchas fuerzas. Tenía poco más de 60 años y estaba llena de vida. Se decidió a formar parte del voluntariado del Hospital de Niños Víctor J. Vilela y desde entonces no lo dejó. Hace pocos días cumplió los 94. Eso no le impide todos los días hacer su recorrida por la sala de hematología y visitar a sus niños cada mañana. Concepción o “Conce” como la conocen todos en el Vilela, no perdió su acento español, a pesar de que llegó a la Argentina muy joven. Estaba recién casada cuando en su país asolaba el hambre y la escasez, allá por 1949, en plena posguerra.
Es una mujer agradecida por naturaleza y alegre, positiva. Reconoce que Argentina le dio mucho. Apenas llegaron a vivir a Rosario su marido consiguió trabajo como electricista y plomero mientras ella se hizo cargo de la casa. Siempre fue quien se ocupó del trabajo doméstico.
Cuando había cumplido poco más de 60 años quedó viuda. “Me dejó muy joven”, rememora hoy Conce en su casa, ubicada a unas 10 cuadras del hospital Vilela, su segundo hogar.
Al encontrarse sola y con sus dos hijos grandes, decidió ser voluntaria del Vilela. “Si uno está bien, el tiempo hay que tenerlo ocupado”, manifiesta y se ríe porque confiesa que no sabe qué es estar quieta.
Sucedió que un día, mientras limpiaba su casa, con la radio prendida, escuchó que en el hospital del niños necesitaban voluntarias. Lo tomó como un mensaje personal y allí se dirigió.
Pero, cuando llegó al hospital, la persona que la atendió le dijo que ya era demasiado “grande” para ser voluntaria. Conce no se amilanó, y pidió que la probaran. Desde ese día no se fue más.
Conce es la que va todos los días, siempre que puede lo hace caminando, al Vilela. Saluda a todos porque después de tantos años los conoce con nombre y apellido y se dirige solícita al servicio de Hematología, a donde están los niños con cáncer.
“Hago lo que se necesite, por ejemplo suelo llegar cuando los chicos ya desayunaron entonces ayudo a lavar los cacharros y las cositas que usaron”, relata y luego empieza su recorrido, cama por cama para visitar a los internados. Penas y muchas alegrías. Luego de tantos años de voluntariado Conce suele encontrarse en los pasillos con chicos y chicas que ya son grandes. Más de una vez recibe un emocionante abrazo. Es de algún chico, ya hombre, que ella conoció cuando tenía pocos años y comenzó con la enfermedad y ahora tal vez ya tiene 20. Cuando ven que ella sigue allí, no hay quien no se emocione.
Hace pocos días asistió a una fiesta de 15. Era de una nena que estuvo internada de chiquita en el hospital y Conce la acompañó mucho, a ella y a su mamá.
Se encariñaron tanto que la mamá y la quinceañera fueron hasta la casa de Conce para invitarla a la fiesta. “Fue maravilloso”, cuenta la mujer que no se perdió la oportunidad de disfrutar ese momento.
Pero no todas son rosas. “Allí se sufre mucho. Yo siempre trato de alentar a las mamás, y también veo muchos que “se van”. Es triste pero te conforta pensar que ya no sufren”, cuenta.
“Una vez una niñita le dijo a su mamá: No llores porque me voy a un lugar muy lindo. Esa frase me quedó grabada para siempre y te aseguro que los niños se mueren con una sonrisa, con mucha paz”, confiesa Conce y vuelve a sonreír: “son muchas más las cosas lindas que me pasan, como una mamá que me pidió aprender a tejer con ganchillo o crochet como dicen ustedes y ahora lo hace mejor que yo. Cada día vuelvo a ser voluntaria del Vilela como la primera vez y allí encuentro un cariño que no me merezco”, concluye la mujer inquieta y vivaz que tal vez sea la más querida en el lugar.